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Territorio y Pacífico

Cuando Quibdó empezó a temblar

El terremoto del 10 de agosto dejó muertos, heridos, casas destruidas y un Quibdó lleno de grietas. Pero también dejó miles de pequeñas historias que, seguramente, tardaremos mucho tiempo en terminar de contar. Esta es apenas una de ellas: la mía. La de un padre que aquella mañana salió de su casa, todavía medio vestido y muerto del susto, con un solo propósito: atravesar un Quibdó convertido en un caos para saber cómo estaban sus hijas.

Wagner Mosquera 25 de agosto de 2026 11 min de lectura
<<A cien metros de mis hijas>>
En esta curva, antes de llegar a la estación de gasolina, quedé atrapado en medio del caos de carros, motos, peatones y un enorme camión que impedía el paso. El colegio estaba ahí, muy cerca. Pero aquella mañana, cien metros parecían una eternidad
<<A cien metros de mis hijas>> En esta curva, antes de llegar a la estación de gasolina, quedé atrapado en medio del caos de carros, motos, peatones y un enorme camión que impedía el paso. El colegio estaba ahí, muy cerca. Pero aquella mañana, cien metros parecían una eternidad

Eran exactamente las 7:34 de la mañana del 10 de agosto cuando la tierra empezó a moverse debajo de los pies de miles de chocoanos.

Aquella mañana, el cielo de Quibdó estaba cubierto por una densa neblina que presagiaba un día soleado, pero, ante todo, un día caluroso, como acostumbra cuando este fenómeno natural despunta en amaneceres cargados con semejante espesura en los cielos de la capital.

Nada hacía presagiar que aquella mañana algo grande estaba por pasar en el Chocó, mucho menos que el epicentro de aquel movimiento terminaría focalizado en San José del Palmar, en nuestro propio departamento, y que su fuerza alcanzaría buena parte del país. La tierra se movió y esta vez no fue para que dijéramos que había sido otro leve temblor de esos que por estos lados sentimos de vez en cuando. No. Esta vez fue un terremoto de magnitud 7,4, de esos que, por costumbre y sin tener mayores conocimientos de sismología, uno termina atribuyéndole a la escala del famoso Richter.

A muchas personas aquel movimiento, que empezó como un leve temblor de tierra, las agarró todavía en pijama, sin camisa y sin zapatos. Sí, a muchas otras y otros en calzones o en calzoncillos. Pero también es verdad que miles ya no estaban en sus casas porque habían salido a dejar a sus hijos en las escuelas y colegios, pues muchos centros educativos, que en su gran mayoría quedan en el centro de Quibdó, comienzan sus clases a las 7:00 de la mañana. Sin embargo, muchos otros padres seguíamos en casa porque en la Villa de Asís la jornada laboral de las entidades públicas y de buena parte del comercio comienza a partir de las 8:00.

Ese lunes, a las 7:25, mi hija menor, María José, que estudia en la Institución Educativa Carrasquilla Industrial, ya instalada en su salón de clases me escribió por WhatsApp para preguntarme si todavía estaba en casa.

—Paaa.

—¿Seguís en la casa?

Me preguntó lánguidamente.

7:25 a. m. Nueve minutos antes del terremoto. A las 7:25 de la mañana, María José me escribió desde el colegio para preguntarme si todavía estaba en casa. Quería que le llevara un cuaderno. Nada hacía presagiar lo que ocurriría minutos después.
7:25 a. m. Nueve minutos antes del terremoto. A las 7:25 de la mañana, María José me escribió desde el colegio para preguntarme si todavía estaba en casa. Quería que le llevara un cuaderno. Nada hacía presagiar lo que ocurriría minutos después.

Yo, que normalmente también salgo antes de las siete de la mañana con mi esposa para llevarla a ella y a su hermana mayor a clases, pues ambas estudian en la misma institución, aquel día había decidido quedarme un rato más para terminar algunas propuestas de patrocinio, de un evento que tenía programado y organizado para el mes de septiembre.

Majo necesitaba un cuaderno y, después de varios mensajes y de mi fallido intento por encontrar el que ella decía haber dejado en casa, a las 7:30 le envié incluso una fotografía de uno que creí que era.

—Nooo.

—Es de los anillados.

—O ya déjalo.

—Ya encontré un cuaderno.

Me escribió Majo a las 7:32, ya algo fastidiada por mí, tal vez, torpeza para encontrarle aquel bendito cuaderno.

7:33 a. m. El último mensaje antes del terremoto. Después de varios intentos por encontrar el cuaderno que necesitaba, María José me dijo que lo dejara, que ya había conseguido otro. A las 7:33 le respondí con un simple “Ok”. Un minuto después, a las 7:34, la tierra empezó a temblar.
7:33 a. m. El último mensaje antes del terremoto. Después de varios intentos por encontrar el cuaderno que necesitaba, María José me dijo que lo dejara, que ya había conseguido otro. A las 7:33 le respondí con un simple “Ok”. Un minuto después, a las 7:34, la tierra empezó a temblar.

Yo me despedí respondiéndole con un lánguido “Ok”, a las 7:33, y seguí sentado mirando el celular, sin camisa, con tan solo el pantalón de la pijama puesto, en el segundo escalón de la escalera que conduce al piso de arriba de la casa. Rolly, mi perro, yacía plácido a poca distancia de mis pies descalzos, tal vez esperando que le reportara las primeras bolitas del delicioso cuido que le doy todas las mañanas.

Un minuto después, la tierra empezó a temblar bajo mis pies.

Como siempre, y a lo mejor por mi instinto de reportero, lo primero que se me ocurre cuando escucho un ruido fuerte o siento un movimiento extraño es mirar la hora, y aquella vez no fue distinto: eran las 7:34, exactamente las 7:34, en la pantalla del celular. Una hora que se me quedó clavada y que seguramente nunca olvidaré.

Lo que empezó como un movimiento leve de la casa, con el paso de los segundos se intensificó de tal manera que, por instinto, solo se me ocurrió escurrirme por la pequeña escalinata del desnivel de la cocina rumbo al patio.

Rolly salió detrás mío.

DESDE EL PATIO 

Mientras corría a toda velocidad hacia el patio con Rolly detrás, escuché el estropicio de algunos vasos y copas que reposaban en uno de los estantes de la cocina. A mi paso también cayeron objetos de la mesa del comedor y del mesón cercano a la estufa. Dos recipientes de insecticida para matar zancudos rodaron por el piso, mientras yo seguía buscando desesperadamente la salida.

Ya instalado en la mitad del patio, mientras aumentaba la intensidad de aquel movimiento telúrico, veía con asombro cómo toda la casa se tambaleaba de un lado para otro, casi que deseando no querer seguir fijada al suelo y, a lo mejor, reclamándome por la cobardía de tratar de dejarla abandonada.

Mientras la tierra seguía en movimiento, Rolly continuaba a mi lado soportando aquel bamboleo incesante del suelo, que se prolongaba mucho más allá de esos pocos segundos en los que, de vez en cuando, sentimos que la tierra tiembla en el Chocó.

Fue entonces cuando me percaté de que la casa había empezado a agrietarse. Miré con asombro cómo una parte del alféizar de la ventana de la cocina se rajaba y cómo otras grietas empezaban a aparecer. Al rato, también se abrió la pared más grande de la cocina, mientras yo seguía preguntándome por cuánto tiempo más Rolly y yo tendríamos que soportar aquel suplicio.

Cuando finalmente la tierra quiso detenerse para darnos un respiro, fui más consciente de lo que acababa de pasar y pensé en mis hijas. Entonces las imaginé a las dos dentro del edificio del colegio y entré en pánico.

Salí corriendo desde el patio, crucé una parte de la sala y, embalado, subí las escaleras para entrar a mi habitación y ponerme lo primero que encontrara. No podía salir por las calles de Quibdó tan solo con el pantalón de la pijama. Me canché una camiseta desteñida, un jean medio sucio que descansaba al lado de la cama y los primeros zapatos que alcancé a sacar debajo del clóset abierto.

Bajé por las escaleras ya agrietadas, mientras Rolly contemplaba todavía asustado aquel corre corre mío. Abrí la puerta, me subí en la moto BWS que unos días antes uno de mis cuñados me había dejado al cuidado y arranqué emputado.

A los pocos metros de mi casa vi a las primeras personas a las que tuve tiempo de preguntarles si estaban bien.

—Sí, vecino, estamos bien, gracias a Dios, pero esto fue muy fuerte.

Me dijo, con un llanto sostenido, la esposa de uno de mis vecinos, mientras permanecía afuera de su casa con sus hijas tratando de entender lo que acababa de pasar.

Entonces aceleré y seguí raudo por la vía empinada que conduce a la salida del conjunto. Ya en la portería, deteriorada por el sacudón, me detuve para preguntarle a la vigilante del turno de la mañana, que lloraba incontrolablemente, qué le había pasado.

—Mi hijo, mi casa... no sé cómo están. Estoy llamando, pero no me salen las llamadas.

Alcanzó a decirme con la voz entrecortada, mientras encontraba alguna razón para no dejar el puesto de vigilancia a merced de nadie. Varios de mis vecinos, que también a esa hora habían estado dentro de las casas, ya contemplaban desde las calles y los andenes del conjunto cómo sus viviendas habían sucumbido con graves grietas ante el terremoto.

Yo seguí.

QUIBDÓ ERA UN HERVIDERO

Salí embalado desde la unidad residencial por la vía que conduce del barrio Obapo hacia el centro de Quibdó, pasando por el sector de Los Castillos, en una carrera frenética en la que solo pensaba en llegar al colegio de mis hijas. En algún punto pensé en mi esposa y luego en mi mamá, de quien recordé, tal vez un poco tarde, que duerme en un tercer piso.

A esa hora, más o menos a las 7:40, las calles de Quibdó ya eran un hervidero de carros y motos haciendo sonar sus bocinas, en una especie de caos sincronizado en el que conductores desesperados trataban de sobrepasar a otros conductores mucho más alterados. Ya se había ido la energía y los semáforos apagados parecían darle vía libre a aquella estampida de vehículos que nos recordaba lo caótico que resulta conducir por las calles estrechas de este Quibdó, ahora también agrietado, cuando cada uno cree tener una razón más urgente que la del otro para pasar primero.

¿Y MI ESPOSA?

En un punto del camino me detuve para llamar a mi esposa. Lo intenté, pero la comunicación resultó infructuosa. Los celulares empezaban a quedarse mudos y las calles, en cambio, se llenaban cada vez más de ruido y de gente.

Mi objetivo, tras aquella carrera desenfrenada en la moto de mi cuñado, y creo que también el objetivo de cientos de conductores alterados aquella mañana, era llegar, como fuera, a cada uno de los centros educativos donde estudian nuestros hijos. En medio del desespero quise gritarle a más de un peatón imprudente que cruzaba la vía sin miedo a ser atropellado y a más de un conductor de moto ofuscado que hacía adelantamientos temerarios porque, a lo mejor, se sentía con licencia para sobrepasar aquellos trancones interminables.

Pero todos, seguramente, teníamos una razón para correr.

Por la velocidad a la que conducía y por la pericia esquivando carros y motos, pude llegar hasta el trancón que se forma en el semáforo de la Universidad Tecnológica del Chocó y, como pude, avancé hasta la curva que precede la llegada a una reconocida estación de gasolina.

Y ahí me estanqué.

Resulta que de lado y lado de la vía iban y venían en correría peatones, carros grandes y pequeños, motos, furgones, camiones y cuanto vehículo sirviera para cumplir el propósito de llegar con rapidez a algún destino. Fue precisamente aquel caos el que le impidió el paso a un gran camión blanco en la curva previa a la estación donde yo también quedé varado.

Desde aquel punto hasta el colegio de mis hijas puede haber una distancia de no más de cien metros.

Cien metros.

Los mismos que en ese momento me separaban de saber cómo estaban mis chiquitas en medio de todo aquel barullo.

Mi desespero fue mayor cuando, estancado en aquel trancón, veía pasar raudos a algunos padres con sus hijos. Muchos niños iban sin zapatos, con el uniforme raído o desaliñado; otros, con el pelo alborotado y uno que otro con el rostro descompuesto por las lágrimas.

Yo seguía ahí, ataviado en el trancón de aquella curva, montado en la moto que por un momento quise soltar para salir corriendo a buscar a mis chiquitas, pero ni siquiera aquella opción podía activar en medio del apretuje.

Entonces volví a pensar en mi esposa y empecé a marcarle con más insistencia.

Nada.

Ni una señal desde el celular y, sobre todo, ninguna señal de lo que había pasado en el colegio.

En aquel caos nadie explicaba. Mi angustia se hacía más grande porque los padres que corrían de un lado para otro tampoco daban noticias: solo gritaban nombres de personas, regañaban a motociclistas y conductores imprudentes y maldecían la desdicha de no poder avanzar.

Casi tres minutos después, en lugar de haber dejado la motocicleta tirada en aquella espesura de vehículos atascados y salir corriendo para llegar donde mis niñas, tomé la decisión de dar la vuelta y regresarme para tratar de ingresar por el lado contrario del colegio, llegando desde el barrio Nicolás Medrano.

Hoy, cuando analizo con calma todo lo ocurrido, reflexiono sobre aquella decisión estúpida y agradezco que mi esposa hubiera sido mucho más efectiva y llegara primero a la Institución por nuestras nenas. Ella logró subirse en una motocicleta con un primo que iba desde el centro por la vía hacia Medrano, pues también había salido acelerado en busca de su hija, prima de mis hijas y estudiante del mismo colegio Carrasquilla.

Yo, mientras tanto, seguía sin saber nada.

 Y RESPIRÉ

A las bravas me abrí paso nuevamente por el semáforo de la Universidad y tomé rumbo al coliseo, tratando de buscar otra vía para llegar al colegio de mis hijas.

Ya todo sabía a desespero.

A las 8:02 de la mañana mi esposa logró llamarme. La llamada alcanzó a durar 44 segundos, pero la comunicación era tan mala que apenas lográbamos escucharnos. 

8:25 a. m. La llamada que estaba esperando. A las 8:25 de la mañana, después de varios minutos sin poder comunicarme con mi familia, entró la llamada de mi esposa. Duró apenas un minuto, pero fue suficiente para escuchar lo que necesitaba saber: estaba con nuestras hijas y las dos estaban bien.
8:25 a. m. La llamada que estaba esperando. A las 8:25 de la mañana, después de varios minutos sin poder comunicarme con mi familia, entró la llamada de mi esposa. Duró apenas un minuto, pero fue suficiente para escuchar lo que necesitaba saber: estaba con nuestras hijas y las dos estaban bien.

Las voces se entrecortaban y ninguno entendía con claridad lo que decía el otro. Colgamos y yo seguí exactamente igual: sin saber dónde estaba ella y, sobre todo, sin saber si ya había encontrado a las niñas.

Así que continué mi recorrido con la misma angustia.

Veintidós minutos después, a las 8:24, fui yo quien volvió a marcarle.

Nada.

La llamada no entró.

Un minuto después, a las 8:25, sonó nuevamente mi celular.

Era mi esposa.

Esta vez sí pudimos hablar.

Con voz entrecortada me dijo que las niñas estaban bien, que ya estaba con ambas y con otras dos de sus amigas y que venían caminando, sorteando el difícil trancón de la Universidad.

—Espéranos.

¡Respiré!

La llamada apenas duró un minuto, pero fue suficiente. Después de casi cincuenta minutos corriendo de un lado para otro por un Quibdó que parecía haberse vuelto loco, finalmente sabía lo único que realmente me importaba: mis niñas estaban bien.

En el breve espacio de aquella espera logré recibir algunos mensajes de amigas y amigos, desde Medellín, que me preguntaban cómo estaba. También pude comunicarme con uno de mis hermanos y preguntarle por mi mamá. Me dijo que ella, él y su pareja estaban bien. Al rato la telefonía volvió a caerse y ya me tocó hacer tiempo con resignación en un punto intermedio entre la entrada de la Universidad y el Hospital Ismael Roldán.

Todas llegaron apuradas, algo sudorosas y todavía con la adrenalina propia de aquel difícil momento. Mi hija María José, que llevaba puesto el uniforme de Educación Física aquel día, había perdido el celular y sus zapatos en la estampida de compañeros y alumnos, que los llevó, en caida libre, desde el segundo piso del bloque central del colegio hasta la primera planta. Luego, como pudo, se reunió con otros cientos de estudiantes en los alrededores de la cancha múltiple hasta que aparecieron su hermana y su mamá para tranquilizarla.

Hasta nuestro encuentro, María José caminó todo el trayecto tan solo con las medias puestas, pero todavía tuvo fuerzas suficientes para pedirme que, por favor, llevara a una de sus dos amigas, que estaba bastante afectada, hasta la casa de su mamá.

Mi otra hija, María Emma, morral y celular en mano, había salido ilesa con un grupo de sus compañeros que, hábilmente, tomaron la decisión de bajar por las escaleras de emergencia. Cuando llegó a la planta baja del edificio salió rauda en busca de su hermana. Ya juntas, recibieron con alegría la llegada de su mamá.

Cuando finalmente las tuve a las tres frente a mí pude respirar de verdad.

Había salido de mi casa poco después de las 7:34, sin camisa minutos antes, con una camiseta desteñida que me canché a las carreras, un jean medio sucio, los primeros zapatos que encontré y el miedo atravesado en el pecho. Había recorrido un Quibdó agrietado, lleno de carros, motos, bocinas, gritos, padres desesperados, niños descalzos y llamadas que no entraban, pensando únicamente en llegar hasta mis hijas.

Y fue entonces, cuando ya las tenía conmigo, que entendí algo que parece elemental hasta que la tierra decide recordárnoslo a las malas: en medio de un terremoto nadie corre detrás de las cosas. Uno corre detrás de la gente que ama.

Yo corrí detrás de mis hijas.

Y cuando finalmente las vi aparecer entre aquel Quibdó herido, sudorosas, asustadas, una de ellas caminando todavía en medias porque había perdido hasta los zapatos, entendí que para mí el terremoto empezaba a terminar, aunque para la ciudad y para cientos de familias chocoanas la tragedia apenas comenzaba.

Quibdó seguía agrietado. Había casas destruidas, familias que todavía buscaban a los suyos y una ciudad que apenas comenzaba a dimensionar lo que acababa de ocurrir. La tierra, como después comprobaríamos, volvería a moverse muchas veces.

Pero mis tres mujeres estaban ahí.

Y aquel 10 de agosto, después de tanto correr, eso era todo lo que necesitaba para volver a respirar.

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Wagner Mosquera

Autor

Wagner Mosquera

Director de Afro Comunicaciones

Comunicador Social y Periodista, Magíster en Comunicación Digital y Especialista en Marketing Digital, abogado, docente universitario y consultor.

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